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| República de La Boca. Ciudad de Buenos Aires. Argentina.
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Copa Libertadores | Santiago de Chile | 2003


Quizás... quienes no sean de Boca, no logren entender el sentimiento que trae aparejado esta increíble historia, comprenderán como, ante una situación extrema, el amor por una camiseta puede llevar a realizar semejante proeza.
A continuación se conocerá la versión oficial de como hicieron 41 hinchas Xeneizes que, faltando 4 horas para el inicio del partido ante el Colo-Colo chileno, decidieron "intentar" llegar al estadio por sus propios medios, luego de quedar varados en Mendoza, a 15 Kilómetros de la frontera, tras la rotura del micro que los trasladaba.

Como en los viajes anteriores, el lugar de encuentro era el playón de la Bombonera. En esta ocasión, la cita fue el martes 25 de Febrero a las 17 hs, y para salir (como tarde) a las 18 hs. La idea era estar en Santiago a las 16 hs. del miércoles 26, casi 4 hs. antes del partido.
El micro arrancó a las 19.04 hs., una hora más de lo previsto, pero esa no sería la principal demora...click para ir a la galeria de imagenes del viaje
De ida, los choferes (Osvaldo y Pedro alias "Apu") decidieron ir por la Ruta 7, tomando por el Acceso Oeste. La primer parada fue a las 21.30 hs., en Chacabuco. Estaba jugando Racing, con Nacional de Montevideo. No hubo goles en esos 20 minutos que nos detuvimos. Luego de cargar 500 litros de Gas Oil y comprar lo necesario para cubrir la cena y el resto de la noche, seguimos adelante. Se tenía previsto no parar hasta la frontera...
Mientras "el Negro" esperaba que lo llamaran para saludarlo por el cumpleaños, muchos luchaban por dormir. Se habían apagado las luces, bajado la música y aminorado los cánticos. Sólo bastaba vencer los estruendosos ronquidos de Lucho de San Pedro.
Un desvío obligatorio de 32 Km en el 377.5 alteró el sueño de todos. Fue media hora de sacudidas y temblequeo debido a las malas condiciones del camino.
El reloj marcaba las 05.35 hs. Los carteles indicaban que faltaban 75 kms para "Desaguadero" y 261KM. para Mendoza. Ya estábamos en suelo Puntano.. En ese horario de un día miércoles, muchísimas personas salían a trabajar. La ruta que cruza la ciudad se cubrió de autos, camionetas y sobren todo de bicicletas y ciclomotores.
En el km. 791 apareció el primer cartel gigante de "Adolfo Rodríguez Saá Presidente", frente a la fábrica de "Ultracomb", es lógico, estábamos en su tierra.
Al costado del camino, podían verse barrios pintorescos, seguramente construidos por el último gobierno. La ausencia de villas miseria y la plena actividad de las innumerables fábricas, intentan mostrarle al turista, que San Luis es "la Provincia modelo" de nuestro país. Una cara de la moneda...
A las 6.40 hs. llegamos a "Desaguadero" donde por primera vez solicitaron el listado de los pasajeros. A 200 mts. de la requisa el control de sanidad exigió un lavado rápido de la cubiertas y el pago de $ 2. Mientras los gendarmes inspeccionaban, algunos valientes se animaron a comprar las tortitas caseras que subieron a vender. No hubo tantos voluntarios como para terminarlas; en el viaje de regreso se las podían ver apoyadas en la guantera de los choferes.
Aparecieron las primeras plantaciones de uva. Esto fue en "La Dormida", donde se vendía vino patero, ciruelas y pomelos. Estábamos a 105 kms. de Mendoza Capital.
En esa zona, los dueños de las fincas utilizaron un sistema innovador de protección de cosechas. Debido al granizo, que destruyó e hizo perder millones de pesos, ahora las plantas las cubren con mediasombras, tendidas a lo largo del campo. Eran como unos grandes jardines de invierno pero en el medio del campo.
También se podía ver una variedad importante de verdes en los arboles. Al costado de la ruta uno podía pasar y observar diferentes tonalidades, algunos casi amarillos, y ubicados simétricamente.
Aparecieron las montañas. Se dejaron ver recién en el km 953. El pico del Cerro "El Plata" se confundía entre las nubes.
Era común a esta distancia, cruzarse o esquivar camiones repletos de damajuanas. Se convirtieron en moneda corriente. Una de las fincas más famosas, donde entraban muchos camiones, era la de "Eloy Guerrero", que según cuentan las leyendas hizo un pacto con el diablo. Es una finca abismal, el hombre tiene fortuna y de ese pacto se desprende que por eso amasó tanto dinero pero el precio a pagar fue que en una parte de su campo (casi el 50%) se encuentra imposibilitado de cosechar, está seco y arruinado.
En el km 999 la ruta se convierte en "La Panamericana", es la entrada a la ciudad de Mendoza. Es una autopista con 2 manos de cada sentido que conduce hasta la terminal de ómnibus.
Las montañas se adueñaron cada vez más de nuestras retinas, el paisaje que se dejaba ver por las ventanillas hacía que se pestañee más pausadamente. Las cámaras de foto hicieron su aparición y los flashes chocaron contra los vidrios.
Pasó el Río Mendoza, seco porque no abren hace tiempo las compuertas, y llegamos a una zona de inmuebles que construyó el IPV (Instituto Provincial de la Vivienda). Son más grandes que los de San Luis, iguales de bonitos pero antisísmicos. Quienes los adquirieron, pagan (a través de una chequera) una cuota mensual de $ 30.
Por segunda vez (la primera había sido en Junín) el chofer se equivoca de camino, lo que obliga a retroceder 3 kms, para retomar el correcto.
La ciudad quedó atrás. Ahora comenzaba la zona más linda, el circuito montañoso. Ese cambio, el micro lo notó considerablemente. En la "subida de Uspallata" el ómnibus se recalentó, lo que nos obligó a descender 15´ y cambiar el agua del radiador. Ese tiempo sirvió para sacar fotos ante el imponente paisaje. El silencio era asombroso. Las voces resaltaban y si se gritaba el eco acompañaba. Estabamos subiendo la cordillera.
Eran las 11.00 y nos quedaban 2 hs (si todo transcurría normalmente) para llegar a la frontera. Dos horas de subidas y bajadas, curva y contracurva. Un exámen muy difícil de superar por el Prince´s Nº 19.
En Uspallata, un rato después, se realizó el primer control intensivo. Dos decenas de gendarmes aguardaban el arribo de los hinchas para controlarlos y detectar cualquier anomalía. Subieron 3 para revisar cada uno de los bolsos. Otros dos se encargaron de las bauleras del coche y hasta aplicaron un detector de drogas en las cubiertas de repuesto. El control se superó exitosamente. La frontera estaba más cerca, pero parecía imposible de llegar. Más se recorría, más lento parecía todo. El reloj se adueñaba de los nervios, y los primeros cálculos para saber si llegábamos a ver el partido se hicieron en ese instante. Todavía teníamos un margen de tranquilidad...
En "Los Penitentes", tras la segunda requisa, nos entregaron los papeles que debíamos llenar por cuadruplicado para entregar en la frontera y ahorrar así un valioso tiempo.
El paisaje (ya indescriptible a esta altura) nos retiraba momentáneamente de la idea que estábamos viajando para ver un partido de fútbol, sólo mirábamos los retratos naturales y los túneles que atravesaba el micro mientras esquivaba las montañas.
Sólo un rato después cambiaría la historia, se alterarían los tiempos y espacios. El desconcierto se apoderaría de todas las almas. De todas.
A mil metros de "Puente del Inca", de repente, la velocidad se redujo drásticamente, el motor se dejó de escuchar y el micro avanzó hasta que el envión que traía, lo depositó a un costado. Bajaron los dos choferes, se escuchó como abrieron la tapa trasera donde se encontraba el motor. Las caras de los pasajeros lo decían todo. Diego Maggio arrodillado en su asiento miraba un punto en fuga. Juan Pablo y Juan Manuel Fernández intentaban deducir la situación asomándose a la ventana. Papi, impaciente, bajó a ver que ocurría. Detrás de él,"el Negro" y quien escribe. La situación fue muy dura. No es exagerado decir que por unos segundos el cuerpo se aflojó por completo, la vista se nubló y los sonidos se multiplicaron producto de los nervios. La imagen al bajar fue: La tapa del motor levantada, una nube de humo con mucho olor a quemado, "el Negro" con las manos en la cabeza, Papi que sólo insultaba, el chofer Mendocino apoyado en el coche y Apu sentado en el medio de la ruta, de espaldas al micro con la cabeza entre las piernas llorando desconsoladamente (esta instancia quedó para la historia, muchos le sacaron fotos).
No pasaron dos minutos que la totalidad del contingente ya estaba abajo. Nadie podía creer lo que ocurría. ¿Qué pasó? ¿No va más? ¿Dónde estamos? ¿Cómo llegamos? ¿Llegamos? ¿Qué hacemos?, las preguntas que en ese momento se dejaron oír.
"No, no va más", se escuchó repetidamente. Las agujas del reloj parecían girar mas rápido. Comenzaba una carrera contra el tiempo. Eran las 14.00hs. aproximadamente. Restaban menos de 6 para el inicio del partido. Estabamos en Mendoza y a esa altura no teníamos como llegar (menos volver).
Instantáneamente cada uno de los pasajeros recogió su documento de la caja donde estaban guardados y comenzó a andar por el costado de la ruta desierta que conducía al paso fronterizo.
Mientras algunos ya caminaban, Papi organizó un piquete para detener a todo vehículo que pasaba en esos momentos.
Una 4 x 4 paró y se ofreció a llevar 4 hasta Santiago de Chile. Era un golazo: 4 afortunados iban a ver el partido "seguro", para el resto eso abría la esperanza de conseguir como llegar o de última, como volver. En la camioneta fueron Papi, Silvio Di Leva (un chico de Villla Luro), Juan Pablo Pagiola y "el Negro". Ya estaban en camino. Hacia allá viajaba la esperanza de los 37 que iban a paso firme por la ruta.
Se habló de llegar a la frontera a dedo, caminando, como sea y juntarse ahí para intentar ir al estadio juntos, en algo alquilado, o en bus.
De a poco se fueron armando grupos reducidos. Los que caminaban más rápido, se alejaron un poco del resto. Quien escribe cerraba el pelotón, bastante más atrás junto a Sandra Fernández y sus dos hijos.
Los autos no frenaban, los camiones que subían a paso muy lento señalaban que no podían detenerse. Se iba a hacer bastante difícil llegar con tan poca aceptación. Al rato, un auto llevó a 2, un camión a uno, otro camión a otro y un auto a otro más...así quedamos 32, caminado, con un silencio desolador, estábamos en el medio de la cordillera. El viento era fresco, de altura. Un buzo no venía nada mal.
Los minutos volaban. La confusión era total: el micro roto, el poco tiempo que quedaba, una zona desconocida...
De pronto, vimos a lo lejos un micro que se acercaba a paso firme, venía muy rápido. Hicimos "dedo" una vez más, imaginando que no iba a detenerse. Pero sorpresivamente se apostó a un costado y nos obligó a correr unos metros. El mismo era un micro de línea que iba desde Mendoza hasta Las Cuevas y nos cobraba $ 1.20 por alcanzarnos hasta la frontera, del lado argentino. Ni lo dudamos. Primero subimos los 4 últimos y le avisamos al chofer que transite despacio que todos esos que iban caminando adelante también subirían. Hizo 150 metros y subieron 9, a los 200 metros subió el resto. Los 32 estábamos arriba, se cumplía una etapa importante. El chofer mientras manejaba preparaba los boletos. Los mismos eran iguales a los de larga distancia, donde se pica el lugar de subida y el destino. Picaba uno por uno, lo que obligaba a descender la velocidad. Le solicitamos que apure la marcha, que se quede con todo el dinero y nos dé sólo un par de boletos. Aceptó a medias. Cuando preparó 23, los tiró a un costado y apretó el acelerador.
En la frontera Argentina había un peaje. Antes de llegar al lado chileno había que cruzar por un túnel de varios Kms. Se pensaba pasarlo a pie, creyendo que haríamos más rápido. Además de estar prohibido, la idea se diluyó cuando nos comentaron que podríamos morir ahogados por los gases que allí adentro inhalaríamos. Nunca supimos si era verdad o mentira, pero tampoco quisimos averiguarlo.
Entonces, había que hacer otra vez dedo, esta vez para llegar al paso chileno ("Los Libertadores") y ahí realizar los papeles en migraciones.
El paisaje sólo era de película o de documental. Para aquellos que no conocíamos resultaba difícil salir del asombro ante imponente marco.
Eran las 15.30, en cuatro horas los equipos estarían en la cancha. Las esperanzas no se habían muerto, estaban en coma profundo. El fanatismo indicaba que podíamos llegar, que merecíamos estar ahí. Pero los gendarmes nos explicaban las horas de viaje que restaban y las cuentas no nos daban. Sólo un milagro nos ayudaría.
Salvo los 4 que se fueron en 4 x 4, del resto se hizo difícil llevar un control porque, si bien intentamos organizarnos, muchos se cortaron e hicieron su propia movida para llegar primero.
Quienes nos quedamos, empezamos otra vez con la historia del "dedo", pero con la ayuda de la barrera del peaje. Afortunadamente (para nosotros), esa detención nos permitía preguntarle uno por uno en persona si sería capaz de alcanzarnos hasta la frontera.
Muchos camiones aceptaron el pedido, de a uno se iban llevando a los chicos. Los autos también aportaban lo suyo.
En el lugar no sólo estaban los chicos de las cabinas sino que también había quienes vendían pancitos, que de vernos tan preocupados empezaron a pedir que nos lleven. Cuando conseguían uno, nos pegaban un chiflido. De pronto, salieron unos hombres de una oficina (que nunca supimos que hacían, estaban de civil) y nos dieron una gran mano. Uno de ellos, no se detuvo a charlar con nosotros y fue a poner en marcha su camioncito, raro. Dio un giro y lo estacionó sobre un playón. No podíamos creer que nos dijeron: "alcanzo a todos los que entren acá atrás". Era una mini - cúpula cerrada por una lona amarilla. Como una camioneta militar, pero no era exactamente eso. En el techo tenía una sirena amarilla. La patente de color blanco (UY 88 T2), indicaba que el dueño era de origen chileno.
De más está decir, que por unos minutos, más que hinchas de Boca parecían acróbatas chinos. Nunca vi entrar tanta gente en un espacio tan reducido. Donde debían ir 6, fueron 20.
Y arrancó una banda hacia el próximo destino. El paso "Los Libertadores".
Quedamos 4 o 5, pensamos que tardaríamos una eternidad en llegar. La emoción de ver como se alejaba el otro grupo (los cuerpos se caían por los costados del camión, el azul y amarillo flameaba a lo lejos) no nos permitió descubrir que detrás nuestro ya estaban preparando otra camioneta para nosotros. Era una F-100, doble cabina. Subimos con una sonrisa de par en par. Queríamos cantar pero por respeto al conductor (no era de Boca, confesó) no lo hicimos. La alegría de conseguir que nos lleven fue más fuerte. Nos mirábamos, hasta nos chocábamos las manos al mejor estilo NBA, es que si teníamos un golpe más de suerte en el próximo destino, podríamos ver a Boquita. Sería heroico, histórico, una hazaña, comparable con la de San Martín, alguno llegó a deslizar que era la versión "light" de "Viven".
Vaya sorpresa nos llevamos en la frontera. Mientras algunos llegaron a pie (caminaron más de 200 metros porque algunos camioneros no podían llegar al paso fronterizo con "acompañantes"), contamos más de media docena de micros esperando que les realicen los controles para poder pasar. Las oficinas donde se efectuaban los trámites migratorios estaban llenas, las colas eran larguísimas.
Estabamos todos juntos otra vez. Sin saber cual sería el próximo medio de transporte.
Ahora había que realizar los trámites, eso significaba sellar dos papeles de los 4 que nos entregaron en los "Penitentes", uno en las ventanillas pertenecientes a la Argentina y el otro en la de Chile. Sin saber quién fue el primero, se corrió rápidamente la bola que del lado argentino lo ponían de inmediato en una cabina que atendía a los autos particulares. De pronto la cola de "argentinos desesperados" se formó ahí, lo que ahorró unos cuantos minutos de estar encerrados en un hall.
Faltaba el chileno. Un Carabinero nos dijo que para conseguirlo, primero debíamos saber en qué llegar al estadio, que no nos sellarían hasta no confirmar eso.
Claro, el tiempo volaba. Pero no quedaba otra. Los que pudieron irse en auto, les indicaban a los carabineros cual era el móvil: ¡en aquel rojo me voy yo!, les apuntaban a quien se encargaba de sellar, y sellaba, en el blanco me voy yo !, y sellaba. Así todos. Algunos verdad, otros mentira, que importaba. En realidad, con el lío que estábamos haciendo de tanto pedir que nos lleven, llegué a pensar que sellaban para no escucharnos más.
Manolo de Piedrabuena, se subió a un auto de una familia chilena, que tardó varios minutos en decidirse si llevarlo o no. Ya no había vuelta atrás. Las caras indicaban un poco de miedo, pero allá iban y Manolo nos saludaba por el vidrio trasero, al mejor estilo "un largo camino a casa". Luego nos contaría que la familia lo trató muy bien, que lo dejaron en el medio de Santiago, en la parada de un colectivo que lo llevaba al Estadio y que al subir estaba lleno de Coloquinos. Él con su bandera, sólo miraba. Cuando le preguntaron algo, hizo gestos que era mudo, y le creyeron. Si hablaba perdía. Bajó en la puerta de la cancha y hasta entrar le pidieron varias veces monedas. Él, hablaba con señas. Su tranquilidad llegó cuando se encontró con Silvia, que estaba esperando a los que iban llegando. Recogió su entrada y pudo ingresar a ver el partido.
La historia sigue en la frontera, con los que querían estar con Manolo y compañía en el Estadio Monumental.
Dos grupos de varias personas cada uno, consiguieron que un micro los lleve hasta "Los Andes", ciudad ubicada a 72 kms de Santiago. Y de ahí trasladarse en otro ómnibus. Entre ellos se encontraban, los Fernández, los amigos de "Papi" y algunos de los chicos de "La Plata", que nos contaron: "al llegar a Los Andes, decidimos tomar un taxi y asegurarnos de llegar a ver el partido. No sabíamos bien que colectivo tomar ni cuanto tardaría. El chofer nos aseguró que llegaríamos. Ibamos 5 en cada auto. El chofer manejaba a una velocidad normal, pero para nuestro apuro era demasiado lento. El camino, en verdad, era complicado. Al entrar en la Ciudad, el tráfico se multiplicó. Cada semáforo que había nos tocaba en rojo. Al final, obligamos a gritos al taxista que no se detenga en aquellos donde no había nadie y a exceder los limites permitidos de velocidad. En un momento nos dijo que no debía ir más rápido y le dijimos que sí, que Boca era la causa y era justo que rompa con la regla. Y así lo hizo, llegó a superar los 120 kms. x hs. O llegábamos bien o nos matábamos en la ruta. No había otra opción. Finalmente llegamos, nos dejó en la puerta donde estaban los coloquinos y bajamos apresuradamente. Primero porque el partido estaba por comenzar y segundo porque le dimos 80 patacones en vez de 100 pesos que nos quería cobrar. Los gritos desesperados del señor se ahogaron ante la multitud que pugnaba por entrar. Y así fue que vimos el partido. Silvia, una genia, nos estaba esperando con las entradas. Estaba muy nerviosa, pero nuestra aventura, salió bien ".
En la frontera, luego de ver como se fueron yendo todos en diferentes transportes, quedamos 10 (el grupo de los 10, alias los "G10"). Los diez que serán a partir de ahora protagonistas de esta historia.
No había mucho tiempo. Saliendo rápido se llegaba al estadio 19.30 justo, de lo contrario, nos perderíamos los primeros 10 minutos. No es lindo perderse algo luego de viajar 24 horas, pero ante la magnitud de lo que nos había ocurrido, si nos perdíamos un poco del partido sería un milagro.
Este G10 consiguió enseguida que un micro de línea chileno, nos llevara hasta Santiago. Había que esperar que realice los trámites. Pensábamos que esto no demoraría mucho. Mientras tanto, sacamos unas fotos con la cordillera de fondo, cambiamos algo de dinero para "movernos en la ciudad" e intentamos merendar en un kiosco que había ahí, pero fue imposible, todo salía mas del doble, casi el triple (gaseosa de 1 1/2: $ 6,50, Galletitas $3.00).
Los trámites que esperamos se demoraron más de la cuenta. Casi una hora y media pasó desde la contratación hasta la salida efectiva. Ya eran las 17.30 pasadas. Según los Gendarmes quedaba de viaje casi 3 horas (llegaríamos para los últimos minutos del segundo tiempo) para los choferes, una hora y media, a lo sumo dos. Nuestras ilusiones se subieron a esta última opción.
El micro lo compartimos con turistas chilenos y unos chicos de Bella Vista que iban de vacaciones a Viña del Mar.
Llegó el momento de sortear la "Bajada del Caracol", conocida mundialmente por sus peligrosas curvas. Son 36, y ninguna protección, sólo el asfalto y el precipicio a tan sólo dos metros.
Nos contaron que no cualquiera puede pilotear en esa zona, que hay ciertas precauciones a tomar para bajar las curvas sin "matarse". Con esa advertencia, todo el trayecto tuvo un sabor especial.
El chofer del micro hizo valer la fama que tienen los chilenos de manejar alocadamente. Bajó las curvas a una velocidad que nadie lograba entender. En los 150 metros que duraba la recta llegaba a casi 70 kms por hora y en las curvas, sólo sacaba un poco el pie del acelerador y giraba abierto, cruzándose al carril contrario.
Sabíamos que al llegar a una ciudad llamada "Los Andes" restarían 72 kms. y de ahí una hora de viaje. Llegar a ese punto significaba comenzar la parte "llana" del viaje, porque hasta ese momento todo era curva y contracurva con precipicio de por medio.
Eran las 18.55, restaban 45 minutos para el comienzo del partido y antes de llegar al centro de Los Andes una explosión terrible nos despertó del sueño que veníamos arrastrando de ver a Boca, al menos un tiempo: la cubierta interna trasera izquierda se reventó. Lo que significó que los choferes se calcen el mameluco de gomero y pierdan 30 minutos cambiando la goma.
Suerte y más mala suerte. Suerte de que el reventón no se produjo durante la "bajada del caracol" y mala suerte porque sólo a nosotros nos puede pasar de romper un micro en Mendoza y reventar la cubierta de otro en Chile. Estaba confirmado que no debíamos de ninguna manera llegar a ver el partido.
Ya en marcha (por última vez) el partido comenzó. Las caras de los nueve restantes era de película. Nadie podía creer lo que estaba pasando: escuchando el partido arriba del micro, una sensación de impotencia inexplicable. Cada semáforo que nos detuvo sirvió para aumentar más nuestro desconsuelo porque en varias ocasiones vimos bares repletos con gente Coloquina mirando el partido, tomando una cerveza. Y nosotros arriba del micro, a paso de hombre.
El segundo tiempo estaba en juego, y nosotros por "La Panamericana" una autopista que se interna en el corazón de Santiago. Faltaban pocos minutos para bajar. Ya nos habíamos preparado. Cada vez había mas edificios, era como venir de Luján y estar llegando por la AU 1 hasta la bajada de Ing. Huergo.
El chofer nos indicó que debíamos bajar, caminar una cuadra a la derecha y tomar el "Metro", que nos dejaría en la puerta misma del Estadio.
Claro, la sensación fue: "llegamos para los últimos 15 minutos, Boca gana y estamos para el saludo final". El G10 corriendo por las veredas de una Av. muy ancha con un Boulevard en el medio, no hubo tiempo de leer carteles para saber que nombre tenía, sólo vimos el cartel del "Metro", los escalones los bajamos de a 5, y a los gritos...quienes transitaban la zona no entendían nada. En las boleterías pedimos que nos indiquen que línea tomar (pasaban 3 por esa estación) y donde bajarnos. Fue en vano, un muchacho que pasó con una radio nos informó que iban 80 minutos de juego, restaban 10 y de viaje, con suerte, teníamos 15. O sea, llegábamos para la salida de la gente de la cancha, un suicidio.
Con la sentencia final (olvídense del partido y de conocer la cancha) no nos quedaban muchas alternativas. Era tiempo de analizar como volver (pequeño detalle) que ante tanta desesperación y locura nadie había pensado. ¿Y ahora, que?
Más allá del problema central que estábamos padeciendo, surgió uno nuevo: debíamos, y necesitábamos comunicarnos con Silvia (Gottero) para pasar el informe parcial, escuchar su palabra que siempre es alentadora y ordenar un poco nuestras ideas.
En la frontera Jony, logró hablar con Silvia, que todavía estaba en el Marriot Hotel, y arregló que, pase lo que pase, el punto de encuentro era ahí. En la frontera le preguntamos a más de 6 personas como llamar al Hotel, todos nos explicaban algo diferente. En definitiva, logramos establecer contacto. Más tarde eso sería imposible, nadie supo indicarnos como llamar a un teléfono celular argentino en Chile.
Intentamos comunicarnos desde todo teléfono público que pudimos, pero nunca acertamos el prefijo internacional destinado a teléfonos móviles.
Fue una situación bastante difícil: no sabíamos si el resto había llegado, como regresarían a la frontera desde allí, si estaban bien y ni pensar del regreso a Baires. Sólo queríamos estar en nuestro país.
Era momento de ir al hotel. Claro, un grupo de jóvenes con camisetas de Boca, en otro país, de noche, con poca gente en las calles y con el resultado ya sellado, no eran del todo bienvenido. Estoy seguro que en más de una ocasión no nos orientaron o lo que es peor, nos indicaron mal por el hecho de ser Argentinos y de Boca. No nos importó. Preguntamos muchas veces, donde quedaba el hotel y cómo llegar. Hasta que una mendocina de 30 años, que vivía en uno de los barrios mas importantes de la Ciudad nos indicó dónde subir, donde bajar y hacia donde caminar. Nos inspiró confianza y allá fuímos. No se equivocó. Subimos en la Estación Santa Ana, y bajamos en la última, "Distrito Militar" (lo que sería Plaza de Mayo o Primera Junta). Quedamos impactados tanto con la Ciudad como con la modernidad de los subtes.
De ahí caminamos unas 20 cuadras, muy oscuras por cierto. Ya nada importaba, las camisetas se lucieron en la noche chilena. Algunos bocinazos indicaban hostilidad, otros apoyaban (hinchas de la U) nuestro festejo. Cantamos y hasta saltamos en algunos tramos, como si hubiésemos estado en el estadio.
A lo lejos se dejaba ver el cartel luminoso del Marriot ubicado en el último piso. Parecía estar cerca pero no llegábamos más.
Caminamos por la vereda de un barrio privado que se extendía por unos 800 metros. Enfrente estaba el paredón del Distrito Militar, o sea, ideal para una emboscada. Nada sucedió.
A metros del hotel, atravesamos un Shopping, un complejo de Cines, un patio de comidas, un Mc Donalds, varios edificios enormes y mucho glamour. Era una zona increíble. En el Marriot todavía no había nadie de los que había presenciado el partido. Desde teléfonos públicos intentamos (en vano) comunicarnos con Silvia y avisarle que ya estabamos ahí, que habíamos llegado bien. Pero no hizo falta, uno de los "botones" se acercó y nos comunicó que: estaba la Sra. Silvia Gottero en el teléfono".
Ambos nos alegramos al escucharnos por teléfono. Como si fuera la madre de todos nosotros, me preguntó uno por uno como estaban los chicos, luego del parte y conseguir que se tranquilizara, me dio una noticia espectacular: Boca ganó 2 a 1. Enseguida giré y les comenté a los chicos el resultado. Aunque parezca mentira recién ahí nos enteramos. Uno nos había dicho que ganamos 1 a 0 y nos quedamos con eso. Sabíamos que podía no ser cierto.
De inmediato Silvia nos tranquilizó: como siempre, ella ya había hecho los trámites correspondientes para regresar de inmediato. Contrató 4 combis que nos pasaron a buscar por la puerta del Hotel y nos llevó a la frontera. Ahí nos esperaba un micro muy lindo para que nos alcance hasta "Desaguadero", allí nos esperaba el Prince´s Nº 19, en condiciones, para regresar.
Los trámites en los diversos puntos migratorios se hicieron muy rápidamente, no hubo inconvenientes.
El regreso sirvió para descansar, contar cada uno su historia y porque no, para gastar una y mil veces a "Apu" (el chofer) por su llanto en el Puente del Inca. Todas las canciones que se puedan imaginar, se cantaron esa noche de triunfo y de hazaña donde 42 hinchas de Boca hicieron lo posible e imposible por ver al Club de sus amores... algunos lo consiguieron, otros no.
Pero ya no importaba, el amor por la camiseta, y por los colores quedó marcada a fuego en este viaje que muchos podrán no entender jamás, porque como dice la canción: "Porque será, que te sigo a todas partes campeón porque será que no se vivir sin vos, carnaval toda la vida, el xeneize es la pasión, si no te veo, se me parte el corazón"...y ahí estuvimos junto a Boca, por el mundo.
En el Hotel, Silvia intentaba descansar, luego del día terrible que le tocó vivir. Lo hizo muy tranquila, ya que una vez más pudo responderle al socio ante el inconveniente que se le presentó. Como en Paraguay, gracias a ella, muchos hinchas pudieron ver el partido, pero lo más importante es que: Gracias a personas responsables como Silvia, TODOS regresamos pronto a casa.

Redacción
Diego Brancatelli
Corrección
Federico Benduza


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