| República de La Boca. Ciudad de Buenos Aires. Argentina.
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volverDistintos

En algún momento se consideró que no eran iguales, ni siquiera parecidos. Que habían nacido en una república dentro de la misma nación y que el simple hecho del nacimiento los hacía ser distintos. Que no correspondían en tiempo y lugar. Que vivían dentro de un sueño del cual ninguno quería despertar. Eran distintos, se veían distintos. El pueblo de Boca.

Sus colores en la piel, su corazón en la garganta, sus emociones en los latidos, su sentimiento desmedido y su tremenda lealtad. Síntomas de una rara enfermedad que algunos tildan de incurable. No razona y va. Siempre va y nunca dejara de ir. Porque es su ser, que se lo exige. Así nació y así morirá, irracional.

Sin fronteras que los detengan, son capaces de llegar a lugares jamas pensados. Donde nadie cree, ellos están. Sacan sus mapas y conquistan. Planean como llegar y cuando es conveniente. Nunca flaquean. Por eso es que llegaron a Porto Alegre:

Un nuevo viaje con todo lo que eso implicaba. Después del tres a cero en casa, Roman ya había ganado la copa. No hacia falta ningún partido más, solo arrodillarse a sus pies, entregarle la llave, el auto y, obviamente, la Copa. Porque después de ese tiro libre fenomenal, luego del taco de Morel y sin posibilidad de respuesta del arquero (parece que el que estaba en el arco era arquero y que no me acuerdo como se llamaba... esteeee... bueno), lo lógico hubiera sido eso, no jugar. Aunque existen casos en que no se aplica la lógica.

Había que ir como sea, pero ir. Micros por todos lados, aviones casi despegando, autos abarrotados de gente y de bolsos. Todos planeando todo. Como 10.000 y más también. Pero no podía ser, problemas. ¡Solo 2.700 entradas! -sigo considerando que si nos daban el triple de entradas y más, hubiésemos ido tantos y más. Faltaba que nos dijeran: “todos deben estar sentados” y listo. Listos, estabamos.

La figurita más difícil de todas: la entrada. No solo eso, el ambiente que se había generado luego de terminado el primer partido no era el ideal. La prensa brasileña incitó a la violencia desde el primer minuto hasta el ultimo. Manuales para bombas molotov, promesas de venganza y las entradas que no aparecían. Todo pasaba a la vez. Tantos micros ya no iban, los aviones esperaban y la gente quería ir igual. A lo que sea.

Dirigentes que no entendían lo que era y mucho menos se hacían cargo. Dirigentes que encontraron la ventaja y la tajada, pero no calcularon que les faltaba gente. Descontrol en La Boca y a esperar que algo aparezca. Mas que esperar, rezar.

Luego de tanta súplica, de tantas averiguaciones y de tantas preguntas con la misma respuesta, por fin, hizo su aparición nuestra hada, Silvia. Que luchó como siempre y desde siempre por el bien del otro, y esta no iba a ser la excepción. Un puñado de entradas para algunos pocos. Yo era uno de esos, un privilegiado. Aunque despues de tanto luchar, se agotó. Hasta el punto de no tener mas ganas de ir. Las perdió, o mejor dicho, se las sacaron. La mano no venia nada sencilla y ella la hizo fácil. Conseguir una entrada era un tema muy extenso y ella lo logró. Gracias eternas, Silvia.

Con la entrada en nuestro poder solo faltaba subir al micro y marchar con rumbo conocido. Porque al Brasil ya fuimos tantas veces que nos sentimos locales. Esa era la sensación y esa fue la realidad. Micros por todos lados. Gente con entrada y sin ella, por todos lados. Un descontrol de cuatro horas en la frontera. Retrasos en cada control policial. Un viaje largo. Pero que problema había... íbamos a ver a Boca.

La idea era llegar a la terminal de ómnibus y embarcar en otro micro que nos llevaría al estadio Olímpico de Porto Alegre. Principios de escaramuzas, el ambiente un tanto tenso, pero nada más. Partimos hacia la cancha. Fiesta, descontrol, delirio como siempre y un Roman mágico. Porque es un mago, que guarda una relación especial con la pelota. Como que le habla, la enamora. Un jugador así hace posible soñar cualquier cosa. Roman eterno, mas que todos.

La Copa , los papelitos, los llantos, los abrazos, la zambullida. Lo de siempre. Lo mejor. Otra vez, otra vuelta. La gente, como siempre, se hizo escuchar. Porque nos sentíamos más, éramos más. Algunos pocos, los que pudimos ir, alentamos como si fuéramos todos. Nos hicimos sentir. Otra vez. Ninguna amenaza fue capaz de frenar al pueblo de Boca que volvió a demostrar porque es único.

Una fila interminable de micros a la vuelta de la esquina y una cuadra que no terminaba más. El agua que convidaban los vecinos refrescaba gargantas secas de tanto cantar. Un alivio. Ningún micro se dirigía a donde teníamos que ir y eso empezaba a ser un problema. Discusiones, malas respuestas y promesas. Hasta que llega la solución y partimos de esa ciudad para volver a casa, Campeones de América. Una vez mas, otra vuelta, Boca.

A esta altura todos afirman que no son iguales. Cuando algunos planean vacaciones, ellos planean conquistar un nuevo continente y traerse una nueva Copa. Cuando algunos conmemoran logros en blanco y negro, ellos los viven en colores. Cuando algunos creían que ya todo había terminado, ellos venden sus pertenencias para poder volver a viajar a Japón. No hay dudas, son distintos.

¡Somos Boca! ¿O que se pensaban?

Como lo dijo el gran e inolvidable Guillermo, “para que quiero jugar en un equipo grande de Europa, si con Boca juego contra todos ellos”.

Salud gran Campeón.

Gracias a todos aquellos que ayudaron a que pueda vivirlo. Fui un privilegiado.

30/06/07

PD: En la frontera, de vuelta, me encontré con alguien que me tenia que encontrar. En ese lugar, por la misma pasión y con una Copa más. Fernando, un placer.

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