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| República de La Boca. Ciudad de Buenos Aires. Argentina.
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volverLA CORONACIÓN
ANIBAL DANIEL BOGADO

QUERIDO PELUSA:

Cuando te vi por primera vez, allá por el año 1986, con sólo nueve años de edad, entendí que el deporte más maravilloso que puede practicar un ser humano es el fútbol. Hay que poseer un gran estado físico, lucidez y rapidez mental, y nunca debe olvidarse, como vos lo hiciste, que se trata de un juego. Si bien en edad de educación primaria correteé detrás de una pelota, yo no tuve una educación futbolística paterna, dado que no era la pasión de mi padre. El fulbo lo mamé en la calle y viéndote a vos.
Nadie en el país confiaba en aquella selección capitaneada por Dios. El blanco de todos los insultos era Carlos Bilardo, director técnico de aquel brillante plantel, hombre de la escuela de Zubeldía y de platenses noches dedicándose a estudiar medicina. Carlos es buen tipo y captó al instante lo que tenía en sus manos, un diamante puro, en bruto. No sólo te dio la capitanía sino que te apoyó en todo, además de regalarte la libertad dentro del campo de juego.
Cuando partieron para México, país donde se desarrolló el mundial ’86, el areopuerto internacional de Ezeiza estaba vacío. Sólo los tripulantes de la nave y los empleados allí trabajando los alentaron y ustedes iban nada más y nada menos, que a disputar un mundial de fútbol. Cosa más que importante para un país tercermundista, abatido aún, por aquellos años, por el golpe militar. Donde lo único cierto y más o menos creíble, era el fútbol, y hoy creo lo sigue siendo, desgradaciadamente.
Llegaron a tierras aztecas un mes antes del comienzo del certamen. Con una rígida concentración, y una forzosa adaptación al clima y a la altura, así comenzaron el camino hacia gloria.
El primer partido de la serie clasificatoria para los octavos de final nos enfrentaba con la desconocida Corea del Sur. Vestidos de casacas rojas ingresaron al campo de juego once muchachos muy aguerridos y de rostros netamente orientales, eran ellos, los surcoreanos.
La primer estrofa de nuestro himno te hizo sentir que el mundial ya estaba en juego. Tu rostro trasmitía una seria tranquilidad. El show debía comenzar, y así lo entendiste. Recuerdo aquella tarde en el aula de cuarto “C”, que daba a la calle General Urquiza, mientras el maestro de lengua, Eduardo Fuentes, dictaba su clase, todos nosotros estábamos pendientes de lo que nuestros radiocasettes portátiles nos contaban en secreto.
Comenzó el partido y el aula explotó tres veces. En dos oportunidades Jorge Valdano infló la red, y tras un centro tuyo, Oscar Ruggeri ganó por las alturas decretando un terrible tres a cero. Luego vendría un tardío e inservible gol de Soon para descontar el score.
El segundo encuentro nos enfrentaba con un cuco, la experimentada Italia. El partido se desarrolló con una sangrienta pelea en el medio juego. La velocidad y las marcas prevalecieron ante la técnica y la dinámica del juego, atentando así contra las expectativas de los espectadores.
Desde este momento mi padre me permitió faltar a la escuela, para observar sólo los partidos del seleccionado nacional. Fue luego de este encuentro cuando comencé a darme cuenta que éste sería tu mundial. Toque llovido de Burruchaga, vos esperabas de espaldas al arco contrario, eterno blanco de tu mira. La insistente respiración del defensor italiano en tu nuca era una amenaza antideportiva, mas te perdió de vista antes de que te llegue el balón y giraste hacia tu objetivo. Con un pique feroz entraste al área, la pelota picaba más que nunca, cada bote llegaba a tu cabeza, y cada segundo que corría, más eran las personas que se iban levantando de sus butacas, como previendo que algo podía suceder. Por la izquierda y a la altura del punto del penal fue cuando decidiste la estocada final de tal maravillosa corrida. Llegaste a gran velocidad y saltando como una liebre, y ante el estupor del público y el guardameta Galli, de esa zurda mágica, desde la parte interna, la pelota partió con destino a la red. Así empataste un partido que se presentaba chivo para nosotros, los albicelestes, eternos orgullosos y necios de los campos de juego. Una vez que pitó el árbitro, comenzaste a poner tus valiosas piernas sobre el trono.
Luego pasó un desnutrido Bulgaria, enemigo que no pudo peligrar el arco de Nery en todo el partido. El primer gol fue de Valdano y, tras un desborde tuyo por la izquierda, eliminando a dos adversarios, corriste unos diez metros pegado a la raya y lanzaste un tiro hacia la cabeza de tu amigo Burruchaga, quien sin arquero cabeceó el balón que volvió a enamorarse de la red. ¡PRIMEROS EN EL GRUPO!
El comentario en el país comenzaba a darse vuelta, como también lo hicieron los pensamientos de esos comunicadores movidos sólo por el dinero. El pibe maravilla destrozaba equipos y ya no era ningún negocio hablar mal de vos ni de tus camaradas. Vos tranquilo esperabas saber quien iba ser nuestro enemigo en la próxima batalla, los octavos de final.
Mejor imposible, abrimos la segunda ronda con el clásico rioplatense: Argentina Vs. Uruguay, y a sufrir.
El partido fue trabado y parejo. En esta instancia vos ya sabías que había que ganar o ganar. Otro resultado no entraba dentro de tus ambiciones, no existía la opción de perder. Tu cruel paso por el mundial de España ya te había mostrado la fea y triste cara de la derrota. El partido se había comenzado a disputar con gran nerviosismo de ambas partes, ninguno de los equipos quería perder, menos contra el clásico rival. Recibiste el balón en tres cuartos de cancha, un amague por aquí, un enganche por allá; le entregaste la pelota a Valdano, quien estaba en el vértice del área derecho, jugada confusa, error charrúa y apareció Pedro Pablo Pasculli, quien recogió el regalo celeste en el punto del penal y conectó un shot inatajable para el golero Alvez. Todo Santa Fe y todos ustedes festejaron el gol como si fuera el último. Ya en la segunda mitad del partido el desarrollo era favorable para nosotros, aunque ganásemos por la mínima diferencia. La Argentina siguió atacando hasta encontrarte un hueco, el arquero quedó eliminado y vos, ganándole en velocidad al defensor, convertiste el segundo gol. Tu grito se vió ahogado por un supuesto off side que te cobró el juez ante aquel último defensor. Dicho fallo hizo hasta despeinar la prolija y escasa cabellera de Bilardo. El seleccionado argentino se acomodaba entre los ocho mejores del mundo.
El equipo no deslumbraba por un gran juego colectivo, pero ya todos sabían que contábamos en nuestras filas con un jugador que conocía todos los trucos del juego, contábamos con “el” jugador.
Los cuartos de final nos cruzaron con el padre del deporte: Inglaterra. Este era un partido revancha, y no sólo por aquella injusticia en Wembley, en época de Rattin, sino porque la Argentina había perdido hacía cuatro años, en manos de los británicos, las Islas Malvinas, porciones terrestres que nos atribuíamos. Debido a esto, éste no era un partido más, este encuentro traía un fuerte trasfondo político. Vos, el indiscutido capitán y líder del grupo, saliste a la cancha convencido de que ganarías. Sin miedo, y, como siempre, cargando con la responsabilidad de ser el jugador estrella, encaraste el partido con gran serenidad. Ya en la formación para entonar los himnos nacionales de cada selección, se te notaba la cara de bronca para con los ingleses, y una concentración suprema.
Comenzó el cotejo y el dueño del partido era la selección británica. Los jugadores argentinos, nerviosos por el paredón inglés que se le venía encima, cometían infracciones y no se lograban comunicar entre ellos dado que los pases eran imprecisos, y como es lógico comenzamos a ser Maradona dependientes. Y ¿por qué no serlo, por qué no explotar el mejor momento de tu carrera? El primer tiempo terminó con el score cerrado y todos los jugadores se retiraron hacia los vestuarios con hambre de gol.
¿Qué habrás pensado mientras te bañabas? Los jugadores argentinos estaban aterrados, pero dentro de ti, sé que todo estaba en calma, como lo sienten los superiores. Es que vos tenés eso que hay que tener en los momentos difíciles. Momentos que a ti te dieron lo mismo, fueran en el Azteca, en el San Paolo o en Fiorito.
Salieron a la cancha a disputar el segundo tiempo. A los cinco minutos tomaste el balón sin marca, eliminaste a dos adversarios (enemigos) y al llegar al área le diste un pase exigido a Jorge, quien no pudo devolvertelo. Pero quien si pudo y te habilitó, fue el defensa británico (esto creo que no lo ha dicho nadie y es asi). Corriste mirando a la pelota y al arquero. ¿Qué pensaste en ese momento? ¿O acaso te volviste completamente loco justo ahí, antes de saltar? Con tu metro sesenta y pico lograste superar al arquero en el salto y la pelota fue a parar al arco. ¡Qué cabezazo! Por Dios, o mejor dicho de Dios. No sólo al árbitro tunecino Ali Bennaceur engañaste, sino que a miles de espectadores que desde sus televisores te creyeron. Cuando caíste al suelo y emprendiste la emocionada carrera del grito, lo primero que hiciste fue mirar atrás, al árbitro, y cuando viste a éste corriendo hacia la mitad de la cancha, encaraste hacia la platea sabiendo que allí estaba tu viejo. A festejarlo con tu familia.
El partido se había vuelto loco. Ahora los europeos atacaban incesantemente y todos los nervios eran de ellos. Estaban perdiendo y con un gol ilegítimo. Nada peor para ellos que los engañes. Justo a ellos, que son los piratas asesinos del mundo. Pero al poco tiempo, a los cuatro minutos volviste a inclinar el mundo a tus pies. No sólo los habías engañado, ahora se venía lo mejor. Luego del pase del negro Enrique, desde atrás de la mitad de la cancha, sobre la derecha, la tomaste y empezaste la carrera hacia tu trono. Y hacia Shilton, como si los mediocampistas y los defensas británicos no existiesen. Así fue cómo llegaste hasta eludir al goalkeeper. Los primeros dos fueron Beardsley y Reid, a quienes con tan sólo un movimiento los dejaste mirando el diez de tu camiseta. Le enganchaste para dentro a Butcher y encaraste hacia el área. Fenwick era el último y no te salía, le amagaste para un lado, te fuiste para el otro, y entró como un caballo. Te tiró un guadañazo pero no pudo, sólo te faltaba el arquero. Con un cambio de piernas, o con un no sé qué, de pronto Shilton cayó al suelo y quedó desorientado. El gol era tuyo, y sólo tuyo. Y de nosotros. Que lo seguimos gritando aún hoy cada vez que lo vemos. Gracias Diego.
El partido terminó 2 –1, pero el gol de Lineker es tan sólo una anécdota. La argentina se colocaba entre los cuatro mejores equipos del mundo, e Inglaterra se quedó afuera. Ya en esta instancia empezaba a gravitar tu presencia. El equipo era tuyo. Y más que jugar con la Argentina, a los rivales les quitaba el sueño jugar contra vos.
En el vestuario el optimismo estaba instalado en todos lados, ya se creían campeones. Aparte el mundial ya tenía su estrella, y en el país la gente se ilusionó: ¡Tenemos al mejor del mundo!- decía el pueblo enamorado de su ídolo. Te compararon con Gardel, nuestro querido Carlitos Gardel, pero todavía quedaban dos partidos intensos por jugar, o mejor dicho, quedaban dos funciones del artista más valuado del momento.
A la semi final del mundial azteca llegaron todos enteros, tanto los jugadores argentinos, como vos, el jugador extraterrestre. El estado era bueno, tanto físico como anímico, las condiciones estaban dadas. El rival era la selección de Bélgica. Una selección de segunda y sin muchos laureles en su haber. Pero claro, esta es la teoría, había que ganarles a aquellos jugadores, y dentro de la cancha es cuando a uno las teorías le comienzan a fallar. Pero por suerte esta vez no falló. Y el que tampoco falló fuiste vos. Siempre presente en los momentos más necesarios.
Dios vuelve a ser argentino, y juega con el diez en la espalda. Sí, porque otra vez volviste a brillar. Dos genialidades tuyas bastaron para dejar al conjunto belga sin suertes. Y otra vez con dos golazos tuyos. Sobretodo el segundo, que para dejar constancia de que lo hecho contra Inglaterra no había sido casualidad, te apilaste como a cuatro jugadores, si cuatro, pero en menos de cinco metros. Genio. Ya éramos finalistas.
Cada instancia que superaba el equipo nacional, dejaba al mundo a tus pies. Y no era para menos, nos llevaste, con humildad y trabajo, a otra final del mundo. Aunque vos digas que el plantel era excelente. Hay que ver si vos no estabas qué pasaba allí.
Domingo 23 de junio de 1986. Estadio Azteca. La final la disputaron los alemanes y la selección nacional argentina. Maradona por un lado, Franz Rummenigge por el otro. Al diez le asignaron una marca personal bastante prolija y efectiva. Lothar Matthaeus no te perdió de vista en ninugún momento. O tal vez sí. El juego alemán, como siempre, se basó en la rudeza y el orden táctico. Y para este partido otra de las premisas germánicas era que el diez blanco y celeste no juegue. Pero esto no era fácil. Tenías 25 años y una explosión en tus músculos y en tu cerebro que pocas veces había sido vista. Jugada por la izquierda, hiciste una pared con Cucciufo, y a él lo derribaron, antes que el juez pite por esa falta, y por las dudas, a vos también te dieron un guadañazo. La falta la hizo efectiva Jorge que envió un centro puesto como con la mano. Schumacher practicó un salto hacia la nada. Con una mano adelante y la otra por detrás. La pelota le cayó como una frutillita al Tata y la cabeceó hacia la red. En 22 minutos se ponía 1 a 0 el partido, y el mundo ya empezaba a admirar a la Argentina. Así finalizó el primer acto. Con una actuación tuya, según los “entendidos”, mediocre. Tal vez por las marcas que te pusieron, no sé. Hay muchos que se creen entendidos y nunca se han puesto un pantaloncito corto, ni menos han pateado una pelota.
Ya en el segundo tiempo la presión que estaban ejerciendo los alemanes era trágica, pero lógica, así es el fútbol, quien está en desventajas tiene que argumentar de alguna manera que no fue a pasear, y más en la final de un mundial. A los 11 minutos se encontraron Enrique, Valdano y vos, en una combinación perfecta. Tras una larga corrida hacia área germana, Jorge aguantó al arquero y se la puso por debajo de sus piernas, segundo gol argentino. El “narigón” Bilardo se volvió loco de alegría, pero así y todo, aprovechó para dar algunas indicaciones. Ya te sentías campeón. Estabas alcanzando el momento de máxima gloria en tu carrera, y uno de tus sueños, tal vez el más importante se te estaba cumpliendo.
Pero claro, no hay que olvidar que somos argentinos, y que de ninguna manera las cosas nos salen fácil, y esta no iba a ser la excepción.
Dos errores defensivos llevaron al equipo germano al empate, en primera instancia el legendario Rummenigge, y el empate lo consiguió Rudi Vöeller. El partido se puso 2 a 2, y en tu rostro se vio una desesperación y un miedo que no se había visto nunca a lo largo de todo el torneo. Habrás pensado que todo se desvanecía, que estabas dejando escapar tu sueño y el de más de treinta millones. Que es eso lo importante, siempre pensaste en los demás, en tu familia, tus amigos, y en tu pueblo, pero el pueblo que te quiere. Esto le daba argumentos a aquellos que no te quieren para seguir con las suyas, que ni siquiera sabemos cuál es la suya.
Los dos goles llegaron por pelotas detenidas, lo cual para Bilardo era como una patada en los huevos. Era inconcebible que al equipo de un estudioso del juego aéreo y defensivo le conviertieran dos goles, y en una final, de centro.
El desarrollo del encuentro estaba tan apareado como el score, pero a los tres minutos del empate llegó lo que esperábamos. Es que todos se habían olvidado de vos, que justamente me llevaste a escribir esto. Aún contábamos con el jugador distinto, y de esto no había que olvidarse, para nosotros jugaba el dueño de la pelota, el conocedor de todos los trucos. Por suerte para nosotros, el que si se olvidó fue Lothar, tu incesante marcador. Y así fue, descuido del mediocampo y ¡alerta! Diego encontró la pelota en la mitad. Le diste un pase milimétrico a Burruchaga que le ganó las espaldas al marcador de punta. Fue la corrida más impresionante que he visto en mi corta vida, con la agónica pero estéril marca de Briegel, el Burru entro al área penal y Schumacher no le salió. Cuando el golero germano decidió salir ya era tarde, con una desesperada reacción trató de cubrir lo más que pudo, pero no fue suficiente, la pelota ingresó por entre sus piernas y la Argentina se puso tres a dos. Sólo nos separaban del título seis minutos. Seis minutos que fueron agónicamente marcados por el árbitro brasileño Romualdo Arppi Filho. ¡CAMPEONES EL MUNDO! Vos sabes que ésta es tu obra cumbre.
Los treinta días aquí redactados, son los que te inmortalizaron y los que sentenciaron tu destino como: DIEGO ARMANDO MARADONA (10), ¡el mejor de la historia! Sólo me resta desearte la mayor felicidad, y siempre que puedas jugar al fútbol, hazlo, la pelota y tu gente, te esperarán siempre para agradecerte por haber llevado nuestro fútbol a la cima del mundo.

¡SIMPLEMENTE GRACIAS PELUSA!


ANIBAL DANIEL BOGADO

Nota del autor

Este escrito lo realicé el día 19 de febrero de 1998, cuando me preparaba para el exámen de ingreso al Círculo de Periodistas Deportivos. Y el motivo es el que queda a la vista. Recordar y agradecer a uno de los deportistas más importantes, si no el más, que ha tenido nuestro país. Alguien que concretó lo que soñó. Por eso supongo que Diego es feliz, por sus hijas que adora, por su amigo inseparable, por su aguantadora mujer, y por haber triunfado en un medio donde todos nosotros hubiesemos querido hacerlo, adentro de una cancha de fútbol.
Y ahora les toca a ustedes, queridos detractores de Maradona. Ni piensen que los voy a nombrar, pero cada uno de ustedes sabe que se tienen que poner este saco. Me parece que si Diego nació en una villa no es un defecto, son sus dolorosas raíces. No creo que esto lo convierta en una mala persona, al contrario, es una de sus mayores virtudes. Aquel muchacho desauciado y mal alimentado llegó a ser algo que ustedes nunca podrán, un tipo querido y amado por un pueblo, que no sólo es el argentino, me refiero al pueblo del fútbol, aquel que no entiende de fronteras. Y ustedes, que estuvieron todas sus vidas escondiéndose detrás de los libros, con sus panzas llenas, y rodeados de amantes, no son dignos de hablar de él, que es una persona transparente como un niño. Y si hoy él puede comer al lado de ustedes en ese podrido Puerto Madero, es porque se lo ganó, y porque para comer ahí lo único que hay que tener es plata, no clase, que por supuesto, a Diego le sobra.
Sólo me resta pedirles una cosa, dejen de ser tan hijos de puta con un hombre que nos dio mucho, al menos háganlo por la vergüenza de sus hijos.


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