QUERIDO PELUSA:
Cuando te vi por primera vez, allá por
el año 1986, con sólo nueve años de edad,
entendí que el deporte más maravilloso que puede
practicar un ser humano es el fútbol. Hay que poseer un
gran estado físico, lucidez y rapidez mental, y nunca debe
olvidarse, como vos lo hiciste, que se trata de un juego. Si bien
en edad de educación primaria correteé detrás
de una pelota, yo no tuve una educación futbolística
paterna, dado que no era la pasión de mi padre. El fulbo
lo mamé en la calle y viéndote a vos.
Nadie en el país confiaba en aquella selección capitaneada
por Dios. El blanco de todos los insultos era Carlos Bilardo,
director técnico de aquel brillante plantel, hombre de
la escuela de Zubeldía y de platenses noches dedicándose
a estudiar medicina. Carlos es buen tipo y captó al instante
lo que tenía en sus manos, un diamante puro, en bruto.
No sólo te dio la capitanía sino que te apoyó
en todo, además de regalarte la libertad dentro del campo
de juego.
Cuando partieron para México, país donde se desarrolló
el mundial ’86, el areopuerto internacional de Ezeiza estaba
vacío. Sólo los tripulantes de la nave y los empleados
allí trabajando los alentaron y ustedes iban nada más
y nada menos, que a disputar un mundial de fútbol. Cosa
más que importante para un país tercermundista,
abatido aún, por aquellos años, por el golpe militar.
Donde lo único cierto y más o menos creíble,
era el fútbol, y hoy creo lo sigue siendo, desgradaciadamente.
Llegaron a tierras aztecas un mes antes del comienzo del certamen.
Con una rígida concentración, y una forzosa adaptación
al clima y a la altura, así comenzaron el camino hacia
gloria.
El primer partido de la serie clasificatoria para los octavos
de final nos enfrentaba con la desconocida Corea del Sur. Vestidos
de casacas rojas ingresaron al campo de juego once muchachos muy
aguerridos y de rostros netamente orientales, eran ellos, los
surcoreanos.
La primer estrofa de nuestro himno te hizo sentir que el mundial
ya estaba en juego. Tu rostro trasmitía una seria tranquilidad.
El show debía comenzar, y así lo entendiste. Recuerdo
aquella tarde en el aula de cuarto “C”, que daba a
la calle General Urquiza, mientras el maestro de lengua, Eduardo
Fuentes, dictaba su clase, todos nosotros estábamos pendientes
de lo que nuestros radiocasettes portátiles nos contaban
en secreto.
Comenzó el partido y el aula explotó tres veces.
En dos oportunidades Jorge Valdano infló la red, y tras
un centro tuyo, Oscar Ruggeri ganó por las alturas decretando
un terrible tres a cero. Luego vendría un tardío
e inservible gol de Soon para descontar el score.
El segundo encuentro nos enfrentaba con un cuco, la experimentada
Italia. El partido se desarrolló con una sangrienta pelea
en el medio juego. La velocidad y las marcas prevalecieron ante
la técnica y la dinámica del juego, atentando así
contra las expectativas de los espectadores.
Desde este momento mi padre me permitió faltar a la escuela,
para observar sólo los partidos del seleccionado nacional.
Fue luego de este encuentro cuando comencé a darme cuenta
que éste sería tu mundial. Toque llovido de Burruchaga,
vos esperabas de espaldas al arco contrario, eterno blanco de
tu mira. La insistente respiración del defensor italiano
en tu nuca era una amenaza antideportiva, mas te perdió
de vista antes de que te llegue el balón y giraste hacia
tu objetivo. Con un pique feroz entraste al área, la pelota
picaba más que nunca, cada bote llegaba a tu cabeza, y
cada segundo que corría, más eran las personas que
se iban levantando de sus butacas, como previendo que algo podía
suceder. Por la izquierda y a la altura del punto del penal fue
cuando decidiste la estocada final de tal maravillosa corrida.
Llegaste a gran velocidad y saltando como una liebre, y ante el
estupor del público y el guardameta Galli, de esa zurda
mágica, desde la parte interna, la pelota partió
con destino a la red. Así empataste un partido que se presentaba
chivo para nosotros, los albicelestes, eternos orgullosos y necios
de los campos de juego. Una vez que pitó el árbitro,
comenzaste a poner tus valiosas piernas sobre el trono.
Luego pasó un desnutrido Bulgaria, enemigo que no pudo
peligrar el arco de Nery en todo el partido. El primer gol fue
de Valdano y, tras un desborde tuyo por la izquierda, eliminando
a dos adversarios, corriste unos diez metros pegado a la raya
y lanzaste un tiro hacia la cabeza de tu amigo Burruchaga, quien
sin arquero cabeceó el balón que volvió a
enamorarse de la red. ¡PRIMEROS EN EL GRUPO!
El comentario en el país comenzaba a darse vuelta, como
también lo hicieron los pensamientos de esos comunicadores
movidos sólo por el dinero. El pibe maravilla destrozaba
equipos y ya no era ningún negocio hablar mal de vos ni
de tus camaradas. Vos tranquilo esperabas saber quien iba ser
nuestro enemigo en la próxima batalla, los octavos de final.
Mejor imposible, abrimos la segunda ronda con el clásico
rioplatense: Argentina Vs. Uruguay, y a sufrir.
El partido fue trabado y parejo. En esta instancia vos ya sabías
que había que ganar o ganar. Otro resultado no entraba
dentro de tus ambiciones, no existía la opción de
perder. Tu cruel paso por el mundial de España ya te había
mostrado la fea y triste cara de la derrota. El partido se había
comenzado a disputar con gran nerviosismo de ambas partes, ninguno
de los equipos quería perder, menos contra el clásico
rival. Recibiste el balón en tres cuartos de cancha, un
amague por aquí, un enganche por allá; le entregaste
la pelota a Valdano, quien estaba en el vértice del área
derecho, jugada confusa, error charrúa y apareció
Pedro Pablo Pasculli, quien recogió el regalo celeste en
el punto del penal y conectó un shot inatajable para el
golero Alvez. Todo Santa Fe y todos ustedes festejaron el gol
como si fuera el último. Ya en la segunda mitad del partido
el desarrollo era favorable para nosotros, aunque ganásemos
por la mínima diferencia. La Argentina siguió atacando
hasta encontrarte un hueco, el arquero quedó eliminado
y vos, ganándole en velocidad al defensor, convertiste
el segundo gol. Tu grito se vió ahogado por un supuesto
off side que te cobró el juez ante aquel último
defensor. Dicho fallo hizo hasta despeinar la prolija y escasa
cabellera de Bilardo. El seleccionado argentino se acomodaba entre
los ocho mejores del mundo.
El equipo no deslumbraba por un gran juego colectivo, pero ya
todos sabían que contábamos en nuestras filas con
un jugador que conocía todos los trucos del juego, contábamos
con “el” jugador.
Los cuartos de final nos cruzaron con el padre del deporte: Inglaterra.
Este era un partido revancha, y no sólo por aquella injusticia
en Wembley, en época de Rattin, sino porque la Argentina
había perdido hacía cuatro años, en manos
de los británicos, las Islas Malvinas, porciones terrestres
que nos atribuíamos. Debido a esto, éste no era
un partido más, este encuentro traía un fuerte trasfondo
político. Vos, el indiscutido capitán y líder
del grupo, saliste a la cancha convencido de que ganarías.
Sin miedo, y, como siempre, cargando con la responsabilidad de
ser el jugador estrella, encaraste el partido con gran serenidad.
Ya en la formación para entonar los himnos nacionales de
cada selección, se te notaba la cara de bronca para con
los ingleses, y una concentración suprema.
Comenzó el cotejo y el dueño del partido era la
selección británica. Los jugadores argentinos, nerviosos
por el paredón inglés que se le venía encima,
cometían infracciones y no se lograban comunicar entre
ellos dado que los pases eran imprecisos, y como es lógico
comenzamos a ser Maradona dependientes. Y ¿por qué
no serlo, por qué no explotar el mejor momento de tu carrera?
El primer tiempo terminó con el score cerrado y todos los
jugadores se retiraron hacia los vestuarios con hambre de gol.
¿Qué habrás pensado mientras te bañabas?
Los jugadores argentinos estaban aterrados, pero dentro de ti,
sé que todo estaba en calma, como lo sienten los superiores.
Es que vos tenés eso que hay que tener en los momentos
difíciles. Momentos que a ti te dieron lo mismo, fueran
en el Azteca, en el San Paolo o en Fiorito.
Salieron a la cancha a disputar el segundo tiempo. A los cinco
minutos tomaste el balón sin marca, eliminaste a dos adversarios
(enemigos) y al llegar al área le diste un pase exigido
a Jorge, quien no pudo devolvertelo. Pero quien si pudo y te habilitó,
fue el defensa británico (esto creo que no lo ha dicho
nadie y es asi). Corriste mirando a la pelota y al arquero. ¿Qué
pensaste en ese momento? ¿O acaso te volviste completamente
loco justo ahí, antes de saltar? Con tu metro sesenta y
pico lograste superar al arquero en el salto y la pelota fue a
parar al arco. ¡Qué cabezazo! Por Dios, o mejor dicho
de Dios. No sólo al árbitro tunecino Ali Bennaceur
engañaste, sino que a miles de espectadores que desde sus
televisores te creyeron. Cuando caíste al suelo y emprendiste
la emocionada carrera del grito, lo primero que hiciste fue mirar
atrás, al árbitro, y cuando viste a éste
corriendo hacia la mitad de la cancha, encaraste hacia la platea
sabiendo que allí estaba tu viejo. A festejarlo con tu
familia.
El partido se había vuelto loco. Ahora los europeos atacaban
incesantemente y todos los nervios eran de ellos. Estaban perdiendo
y con un gol ilegítimo. Nada peor para ellos que los engañes.
Justo a ellos, que son los piratas asesinos del mundo. Pero al
poco tiempo, a los cuatro minutos volviste a inclinar el mundo
a tus pies. No sólo los habías engañado,
ahora se venía lo mejor. Luego del pase del negro Enrique,
desde atrás de la mitad de la cancha, sobre la derecha,
la tomaste y empezaste la carrera hacia tu trono. Y hacia Shilton,
como si los mediocampistas y los defensas británicos no
existiesen. Así fue cómo llegaste hasta eludir al
goalkeeper. Los primeros dos fueron Beardsley y Reid, a quienes
con tan sólo un movimiento los dejaste mirando el diez
de tu camiseta. Le enganchaste para dentro a Butcher y encaraste
hacia el área. Fenwick era el último y no te salía,
le amagaste para un lado, te fuiste para el otro, y entró
como un caballo. Te tiró un guadañazo pero no pudo,
sólo te faltaba el arquero. Con un cambio de piernas, o
con un no sé qué, de pronto Shilton cayó
al suelo y quedó desorientado. El gol era tuyo, y sólo
tuyo. Y de nosotros. Que lo seguimos gritando aún hoy cada
vez que lo vemos. Gracias Diego.
El partido terminó 2 –1, pero el gol de Lineker es
tan sólo una anécdota. La argentina se colocaba
entre los cuatro mejores equipos del mundo, e Inglaterra se quedó
afuera. Ya en esta instancia empezaba a gravitar tu presencia.
El equipo era tuyo. Y más que jugar con la Argentina, a
los rivales les quitaba el sueño jugar contra vos.
En el vestuario el optimismo estaba instalado en todos lados,
ya se creían campeones. Aparte el mundial ya tenía
su estrella, y en el país la gente se ilusionó:
¡Tenemos al mejor del mundo!- decía el pueblo enamorado
de su ídolo. Te compararon con Gardel, nuestro querido
Carlitos Gardel, pero todavía quedaban dos partidos intensos
por jugar, o mejor dicho, quedaban dos funciones del artista más
valuado del momento.
A la semi final del mundial azteca llegaron todos enteros, tanto
los jugadores argentinos, como vos, el jugador extraterrestre.
El estado era bueno, tanto físico como anímico,
las condiciones estaban dadas. El rival era la selección
de Bélgica. Una selección de segunda y sin muchos
laureles en su haber. Pero claro, esta es la teoría, había
que ganarles a aquellos jugadores, y dentro de la cancha es cuando
a uno las teorías le comienzan a fallar. Pero por suerte
esta vez no falló. Y el que tampoco falló fuiste
vos. Siempre presente en los momentos más necesarios.
Dios vuelve a ser argentino, y juega con el diez en la espalda.
Sí, porque otra vez volviste a brillar. Dos genialidades
tuyas bastaron para dejar al conjunto belga sin suertes. Y otra
vez con dos golazos tuyos. Sobretodo el segundo, que para dejar
constancia de que lo hecho contra Inglaterra no había sido
casualidad, te apilaste como a cuatro jugadores, si cuatro, pero
en menos de cinco metros. Genio. Ya éramos finalistas.
Cada instancia que superaba el equipo nacional, dejaba al mundo
a tus pies. Y no era para menos, nos llevaste, con humildad y
trabajo, a otra final del mundo. Aunque vos digas que el plantel
era excelente. Hay que ver si vos no estabas qué pasaba
allí.
Domingo 23 de junio de 1986. Estadio Azteca. La final la disputaron
los alemanes y la selección nacional argentina. Maradona
por un lado, Franz Rummenigge por el otro. Al diez le asignaron
una marca personal bastante prolija y efectiva. Lothar Matthaeus
no te perdió de vista en ninugún momento. O tal
vez sí. El juego alemán, como siempre, se basó
en la rudeza y el orden táctico. Y para este partido otra
de las premisas germánicas era que el diez blanco y celeste
no juegue. Pero esto no era fácil. Tenías 25 años
y una explosión en tus músculos y en tu cerebro
que pocas veces había sido vista. Jugada por la izquierda,
hiciste una pared con Cucciufo, y a él lo derribaron, antes
que el juez pite por esa falta, y por las dudas, a vos también
te dieron un guadañazo. La falta la hizo efectiva Jorge
que envió un centro puesto como con la mano. Schumacher
practicó un salto hacia la nada. Con una mano adelante
y la otra por detrás. La pelota le cayó como una
frutillita al Tata y la cabeceó hacia la red. En 22 minutos
se ponía 1 a 0 el partido, y el mundo ya empezaba a admirar
a la Argentina. Así finalizó el primer acto. Con
una actuación tuya, según los “entendidos”,
mediocre. Tal vez por las marcas que te pusieron, no sé.
Hay muchos que se creen entendidos y nunca se han puesto un pantaloncito
corto, ni menos han pateado una pelota.
Ya en el segundo tiempo la presión que estaban ejerciendo
los alemanes era trágica, pero lógica, así
es el fútbol, quien está en desventajas tiene que
argumentar de alguna manera que no fue a pasear, y más
en la final de un mundial. A los 11 minutos se encontraron Enrique,
Valdano y vos, en una combinación perfecta. Tras una larga
corrida hacia área germana, Jorge aguantó al arquero
y se la puso por debajo de sus piernas, segundo gol argentino.
El “narigón” Bilardo se volvió loco
de alegría, pero así y todo, aprovechó para
dar algunas indicaciones. Ya te sentías campeón.
Estabas alcanzando el momento de máxima gloria en tu carrera,
y uno de tus sueños, tal vez el más importante se
te estaba cumpliendo.
Pero claro, no hay que olvidar que somos argentinos, y que de
ninguna manera las cosas nos salen fácil, y esta no iba
a ser la excepción.
Dos errores defensivos llevaron al equipo germano al empate, en
primera instancia el legendario Rummenigge, y el empate lo consiguió
Rudi Vöeller. El partido se puso 2 a 2, y en tu rostro se
vio una desesperación y un miedo que no se había
visto nunca a lo largo de todo el torneo. Habrás pensado
que todo se desvanecía, que estabas dejando escapar tu
sueño y el de más de treinta millones. Que es eso
lo importante, siempre pensaste en los demás, en tu familia,
tus amigos, y en tu pueblo, pero el pueblo que te quiere. Esto
le daba argumentos a aquellos que no te quieren para seguir con
las suyas, que ni siquiera sabemos cuál es la suya.
Los dos goles llegaron por pelotas detenidas, lo cual para Bilardo
era como una patada en los huevos. Era inconcebible que al equipo
de un estudioso del juego aéreo y defensivo le conviertieran
dos goles, y en una final, de centro.
El desarrollo del encuentro estaba tan apareado como el score,
pero a los tres minutos del empate llegó lo que esperábamos.
Es que todos se habían olvidado de vos, que justamente
me llevaste a escribir esto. Aún contábamos con
el jugador distinto, y de esto no había que olvidarse,
para nosotros jugaba el dueño de la pelota, el conocedor
de todos los trucos. Por suerte para nosotros, el que si se olvidó
fue Lothar, tu incesante marcador. Y así fue, descuido
del mediocampo y ¡alerta! Diego encontró la pelota
en la mitad. Le diste un pase milimétrico a Burruchaga
que le ganó las espaldas al marcador de punta. Fue la corrida
más impresionante que he visto en mi corta vida, con la
agónica pero estéril marca de Briegel, el Burru
entro al área penal y Schumacher no le salió. Cuando
el golero germano decidió salir ya era tarde, con una desesperada
reacción trató de cubrir lo más que pudo,
pero no fue suficiente, la pelota ingresó por entre sus
piernas y la Argentina se puso tres a dos. Sólo nos separaban
del título seis minutos. Seis minutos que fueron agónicamente
marcados por el árbitro brasileño Romualdo Arppi
Filho. ¡CAMPEONES EL MUNDO! Vos sabes que ésta es
tu obra cumbre.
Los treinta días aquí redactados, son los que te
inmortalizaron y los que sentenciaron tu destino como: DIEGO ARMANDO
MARADONA (10), ¡el mejor de la historia! Sólo me
resta desearte la mayor felicidad, y siempre que puedas jugar
al fútbol, hazlo, la pelota y tu gente, te esperarán
siempre para agradecerte por haber llevado nuestro fútbol
a la cima del mundo.
¡SIMPLEMENTE GRACIAS PELUSA!
ANIBAL DANIEL BOGADO
Nota del autor
Este escrito lo realicé el día
19 de febrero de 1998, cuando me preparaba para el exámen
de ingreso al Círculo de Periodistas Deportivos. Y el motivo
es el que queda a la vista. Recordar y agradecer a uno de los
deportistas más importantes, si no el más, que ha
tenido nuestro país. Alguien que concretó lo que
soñó. Por eso supongo que Diego es feliz, por sus
hijas que adora, por su amigo inseparable, por su aguantadora
mujer, y por haber triunfado en un medio donde todos nosotros
hubiesemos querido hacerlo, adentro de una cancha de fútbol.
Y ahora les toca a ustedes, queridos detractores de Maradona.
Ni piensen que los voy a nombrar, pero cada uno de ustedes sabe
que se tienen que poner este saco. Me parece que si Diego nació
en una villa no es un defecto, son sus dolorosas raíces.
No creo que esto lo convierta en una mala persona, al contrario,
es una de sus mayores virtudes. Aquel muchacho desauciado y mal
alimentado llegó a ser algo que ustedes nunca podrán,
un tipo querido y amado por un pueblo, que no sólo es el
argentino, me refiero al pueblo del fútbol, aquel que no
entiende de fronteras. Y ustedes, que estuvieron todas sus vidas
escondiéndose detrás de los libros, con sus panzas
llenas, y rodeados de amantes, no son dignos de hablar de él,
que es una persona transparente como un niño. Y si hoy
él puede comer al lado de ustedes en ese podrido Puerto
Madero, es porque se lo ganó, y porque para comer ahí
lo único que hay que tener es plata, no clase, que por
supuesto, a Diego le sobra.
Sólo me resta pedirles una cosa, dejen de ser tan hijos
de puta con un hombre que nos dio mucho, al menos háganlo
por la vergüenza de sus hijos.