Otro
Superclásico de verano, otro capítulo nuevo que
se abre, otra vez una goleada histórica y otra vez (opacando
la noche) los incidentes. Fue un partido inolvidable. Por primera
vez conocía el Mundialista que fue testigo de tantas victorias
xeneizes. Era, el de Boca, un equipo integrado en su mayoría
por juveniles y suplentes; jugaron algunos de los titulares de
ese momento. Pero no importó, porque, como dice la famosa
frase “los pingos se ven en la cancha”. Y vaya que
fue así. En 15 minutos, Boca para sorpresa de muchos y
desconcierto de otros, ya ganaba 3 a 0. Fue una aplanadora. La
tribuna popular junto con la platea azul y oro estaban que deliraban
de alegría. Alegría que luego fue desesperación.
En el segundo tiempo Boca clavó el 4 a 0 histórico
pero eso ya no importaba. Se jugaba un partido aparte: el de los
barrabravas. Comenzaron a saltar hinchas de River hacia a la platea
para robar banderas de nuestro equipo. Allí lo que viví
y se vivió en ese momento fue espantoso. Familias enteras
corrían para escaparle al vandalismo y a la “batalla
campal” que se desató entre ambas parcialidades en
el medio de la platea. La policía intervino tarde y cuando
lo hizo comenzó a tirar gases. Obviamente el partido ya
se había suspendido e intentábamos salir del estadio,
pero no se nos permitía porque sencillamente “cerraron
las puertas”. El clima de gases era asfixiante, hasta que
se derribaron a la fuerza las vallas y pudimos salir con un par
de amigos que me habían acompañado. Afuera continuó
el horror, pero por suerte no nos pasó nada. Fue una noche
amarga. Podría haber sido una fiesta completa, pero ya
sabemos que cuando River pierde por goleada, “ellos mismos”
deciden suspender el partido.