Había una vez un equipo de fútbol
de un país muy alejado que se llamaba Boca Juniors. Sus
vitrinas dejaban en claro que era uno de los equipos que mejor
imagen había dejado, internacionalmente hablando, al fútbol
de la región. Y como siempre sucede este equipo tenía,
no muy lejos de su estadio, a su archienemigo, que en realidad
siempre lo trató como a un hijo, que de hecho lo fue y
murió siéndolo. Ese otro equipo se llamaba River
Plate, y si bien se lució en escasas ocasiones fuera del
país, tuvo más de una oportunidad para demostrar,
y hacer valer, el mote de gallinas que a ellos les otorgaron.
La gran diferencia entre estos dos equipos se ve reflejada en
la gente que sigue a uno y a otro. Por un lado está Boca
Juniors, que consta del fanatismo que sienten sus seguidores,
que no conoce de distancias ni fronteras; y por otro lado la parcialidad
de River Plate, un minúsculo y callado montón de
gente que se acercaba al gigante estadio, que les habían
regalado los militares, para ver ganar a su equipo. Y no para
alentarlo. Porque de ser derrotados no se escuchaban más
que insultos que bajaban desde todas las instalaciones de aquel
frívolo y monumental estadio.
Desde comienzos de la historia de ambos, River nunca le pudo ganar
a Boca. Y ese fue el karma que tuvieron tanto los jugadores, como
los hinchas del club Millonario.
Todo comenzó a mediados de mil novecientos, por quellos
años se enfrentaron por primera vez millonarios y xeneizes.
¿Y a que no saben quien ganó? Sí, lógico,
lo hizo Boca, con un rotundo 3 a 0. Desde ese momento el hechizo
quedaría hasta el día final del fútbol.
Si bien ambos nacieron en el mismo barrio, e incluso River lo
había hecho antes, tanto el carisma, como la esencia, fueron
muy distintas. La gente de Boca siempre festejó la garra
de su equipo, ante la técnica de sus jugadores. Será
también por el orígen de uno y otro. Los fanáticos
auriazules siempre fueron trabajadores y humildes, mientras que
los otros, aburguesados por los barrios que ocuparon, sólo
los emocionaba ver llegar a su equipo a la victoria. Creo que
la distancia entre ambos queda bien clara.
Tanto el fútbol como la vida fue transcurriendo en este
país a mucha velocidad. Y las victorias xeneizes se siguieron
sucediendo. Hasta máquinas decían algunos que eran.
Pero eso no fue nada, esa es la historia antes del nacimiento
de Dios.
Un treinta de octubre de 1960 nació en un barrio muy humilde
un jugador que iba a dejar a todos con la boca cerrada. Si bien
fue promovido a la primera división por el club Argentinos
Juniors, este jugador llamado Dios, pronto recaló en el
Boca Juniors. Y por supuesto que esa época fue dorada en
lo que respecta a este enfrentamiento entre los dos. Dios casi
no conoció la derrota en estos partidos.
Claro que un día Dios debió marcharse. Es que él
tenía como misión en su vida ir pueblo por pueblo,
de todo el mundo, profesando con su pierna zurda. Y miles de fieles
lo siguieron.
Si bien esto fue un alivio para los millonarios no se iban a salvar
para siempre de este muchacho que llegó a la vida para
impartir justicia.
Después de cansarse de juntar fieles por todas las tierras
del viejo mundo, un día Dios volvió. Y no lo hizo
solo, él vino acompañado junto a uno de sus apóstoles,
Claudio Paul. Juntos siguieron las andanzas y volvieron las victorias
xeneizes en contra de River.
Hasta que una vez, jugando en esa cancha fría, cercana
al museo de los muertos, Dios dijo basta. Como era de esperar,
luego de estar perdiendo, Boca dio vuelta el partido y venció
a su tan preciado rival. Pero claro, nadie sabía que en
ese momento el fútbol se estaba acabando. La fiesta estaba
llegando a su fin. Las luces poco a poco se fueron apagando, y
el primer actor interpretó su último papel.
Ese día al fútbol ya no se jugó más.
Y la historia quedó marcada para siempre, un solo ganador
quedó a la vista, y ese fue Boca Juniors, que con la ayuda
de grandes jugadores, y la magia de Dios, convirtieron al equipo
más elitista del país, en un educado hijo.
Y colorín colorado…
ANIBAL
DANIEL BOGADO